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Mendoza: el secreto de los viñedos
A continuación, se transcribirán algunas reflexiones sobre el origen de los vinos producidos en Mendoza.
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¿Viñas en el desierto?
Las viñas nos dejan sospechar casi todo del vino: sabores, texturas, aromas, el fulgor de sus cambiantes tonos, la sensualidad insinuada en la copa.
¿Cómo se extendieron esas cepas vigorosas en un territorio áspero, ocupado casi completamente por montañas y llanuras desérticas?
Un método de riego por mantos -inundación por simple gravedad- así como, también, una selección de cepas europeas fueron la llave de la expansión. La altura puso un complemento exacto, y el clima seco y luminoso hizo lo demás.
Los indios huarpes encauzaron el agua del deshielo cordillerano por surcos trazados como venas en tierras profundas, pobres, permeables, pedregosas y en declive.
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Cepajes con más de un siglo
Los habitantes originales no conocían el vino; fueron los conquistadores españoles los que introdujeron las primeras vides, dando origen a un sistema de canales tan magistral como novedoso, que se impuso en estas tierras áridas.
Siglos después, los inmigrantes enriquecieron y realzaron el cultivo de las uvas con otro linaje.
Un interesante mecanismo de tomeros (operarios que toman, regulan y distribuyen el agua) e inspectores de cauces, designados mediante el voto rural, permitió que la estructura funcionara.
Dicho mecanismo tiene más de un siglo, y continúa siendo irreemplazable para la mayoría de los productores cuyanos. Sin embargo, pisamos los umbrales de una transformación sin precedentes, que incluye la implantación de cepajes selectos, modernas técnicas de riego y una elaboración esmerada.
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La nobleza de las uvas
En la última década, hubo inversiones de capitales extranjeros en esta industria, se registró un aumento en la calidad y diversidad de los vinos argentinos -el país integra el llamado “Nuevo Mundo” vitivinícola- e, incluso, se ha triplicado la exportación.
Hoy podemos decirlo de manera clara: un caldo de calidad responde a uvas igualmente nobles. Antes y siempre. Este es el primer secreto y el principio básico de la perturbadora magia del vino.
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Consejos para evitar un papelón en la bodega
Aún en el caso de la mejor dispuesta y propicia para las visitas, una bodega es siempre casa ajena y corresponde manejarse en ella con modales aceptables. Estas normas o principios del visitante bien educado son apenas cinco.
1. No apto para abstemios.
Si no sabe nada y le interesa poco el vino, mejor no vaya. Si de todos modos va, sugerimos “La Rural”, que tiene un museo muy interesante. O “Bodegas Orfila”, cuyo propietario, “Pepe” Orfila, es tan divertido y tiene tal don de gentes (guitarrero, jinete, seductor) que cualquier desinteresado seguro sale de ahí transformado en adepto.
2. Evitar visitas multitudinarias.
Excepto en excursión organizada por una empresa turística responsable, conviene integrar grupos de poca gente, que no excedan las seis personas. Si el grupo es de sólo dos personas, y ambos están bien informados, las posibilidades mejoran sustancialmente. Esa pareja de ilustrados puede, incluso, hasta no cumplir la norma siguiente.
3. Primero, llamar por teléfono.
Consultar previamente, en forma telefónica, para informarse sobre los horarios de recibo, planes de recorridos guiados y cómo asistir a las degustaciones.
4. No degustar distraídamente.
Al probar los vinos, hay que prestar atención tanto al color, a los aromas, como a los sabores. Un principio elemental es que el vino no debe entrar en la boca sin antes ser olfateado, no debe tragarse sin un previo largo y detenido buche.
5. Animarse a opinar.
Si le preguntan su opinión, siempre es mejor opinar. Basta decir si el vino le gusta o no le gusta. Opinando con honestidad, se logrará la aprobación de todos.
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